jueves, 13 de agosto de 2009

TIERRA

Huele a tierra mojada. Mis pies redondos, aún de niña, andan descalzos por la hierba humedecida por el frío de la noche. Hay una flor, me agacho, la huelo, asiento, vida, sosiego.

El árbol sigue ahí. La flor no, ahora hay otras, de colores, distintas, iguales, que se mueven con la brisa, huelo, asiento.

Me quito los zapatos, también se los quito a ella. Mis pies, curtidos, pisan los recuerdos entre la hierba. Los suyos, aprenden a sentir la tierra mojada. Las flores son otras, pero también se tambalean de un lado a otro dejando volar su aroma.

Mis pies, los suyos, los de ella. Arrugados, maduros, suaves. Las hojas del árbol cantan, y los redobles de las sonrisas rellenan mis recuerdos olvidados.

Pies muertos, pies curtidos, pies adultos. Huele a tierra mojada, el árbol sigue ahí, las flores son otras. Debe ser primavera, yo no puedo verlo.

jueves, 19 de junio de 2008

INSOMIO

Lleva mucho tiempo con insomnio. Más que mucho tiempo, demasiado. Lo ha probado todo, desde infusiones de tila altamente concentradas, hasta varillas de incienso relajantes, cintas de respiración y meditación, o música para perderse dentro, hasta aceites corporales con esencias naturales... Debe estar realmente desesperada. Las horas pasan por delante de sus ojos, marcando en su retina cada minuto, cada segundo.
Son las doce la noche. Está comenzando un nuevo día. Otro día. Otra madrugada. Se sienta delante de sus apuntes de derecho penal. Los está mirando. Los pulgares sujetan la sien y los dedos índice y corazón hacen de soporte de la frente. Tiene los ojos abiertos. Muy abiertos, serenos. Tiene ojeras. Lanza un suspiro al aire. Se recuesta sobre la silla. Se pone derecha. Se recuesta. Una y otra vez. Mirando al techo cuela los dedos de las manos entre el pelo, echándolo para atrás; se frota los ojos. Se tapa la cara. Apoyando la barbilla sobre la palma de la mano izquierda, con la derecha pasa un folio. Otro. Otro más. Cierra la carpeta. Respira, nerviosa, con la cara entre las manos. Opta por levantarse de la silla, bajar a la cocina, y seguir el remedio casero de tomar para dormir un vaso de leche caliente. ¡¡Cliiin!! El microondas rompe el silencio de la noche. La leche ya está lista.
Con cuidado saca el vaso, quema mucho. Al soltarlo sobre el poyete de la cocina se mira la mano, la tiene roja del calor. Con las yemas de los dedos aún sensibles coge en vaso por el filo y se lo acerca, soplando lentamente, hacia los labios. Prueba un sorbo, agita la cabeza de una lado a otro y agita la mano derecha con fuerza, quema. Ante la espera de que la temperatura sea un poco más agradable, estira el brazo y acerca una banqueta de cocina. Tiene la espalda encorvada. La bata de guatiné estampada está abrochada de arriba abajo. Es el mes de mayo, pero la noche está fría. Sus hombros caen sin ánimo hacia delante, llegando hasta los codos, apoyados sobre los muslos. A penas parpadea. Hay luna llena, y su luz describe las sombras de la noche. Mercedes permanece sentada en la banqueta, quieta, desplomada. Tiene la mirada perdida. Es como si intentara imaginar qué mundo se esconde más allá de las paredes de su casa, más allá de un sucio cristal, embarrada, de la ventana de la cocina. Los cipreses se mueven, haciendo intermitente la claridad de la farola. Coge aire con fuerza, con calma, intentando recibir el olor de la tierra mojada. Echada hacia delante, con un pie en el suelo y otro en la barra inferior del asiento, coge el vaso, coge aire de nuevo, intentando no respirar, y con esfuerzo, con mucho esfuerzo y cogiendo un tono rojizo, se bebe la leche, sin ganas, con asco. La leche cae con ingravidez en su estómago; siente el líquido ocupando todo el espacio. Frunce el ceño, aprieta los ojos, arruga la nariz y saca los labios, moviendo con rapidez la cabeza. Intentando limpiarse la lengua con los dientes, emite un sonido de desprecio. El sabor de la leche se le queda en el paladar.
Sin confianza en conciliar el sueño, se va a la cama. Se recuesta sobre el lado derecho y coloca la mano tras la cabeza, se tapa a la altura de las orejar y pone la radio. Cree que así no se siente sola, pero ella misma a veces se ríe irónicamente y pide ayuda a nadie, a las paredes, a los cojines, a los muebles. Pasan las horas en el reloj despertador de la mesita, una a una, minuto a minuto... afortunadamente el reloj es digital y se ahorra el latigazo incansable del segundero. Zas, tic, zas, tac...
Mira el techo. Las penurias del programa de radio no le consuelan, sólo la alejan de la realidad. Respira con calma, sabe cuál es el problema, pero no encuentra la solución. En la cama, en la oscuridad de la noche, en la penumbra de la luz del despertador, se lleva las manos a la frente. Es demasiado complicado contar la verdad, y los suspiros que lanza al aire no llegan a ninguna parte. El calor de la leche caliente invade su cuerpo, le hace sudar; el sabor amargo y desagradable todavía asoma en su lengua. Tic, tac... La situación es la misma que cada noche, tiene práctica en la rotación y en la translación por la cama, por su mundo, por su planeta. Encendiendo la luz de la mesita de noche se incorpora sobre la cama cruzándose de piernas. Mira el tablón de la pared de enfrente, las fotos de los amigos, de ella cuando era más pequeña, cuando no tenía miedo, cuando tenía ambiciones y sueños. Ahora se mira ella, e intentado llorar mira la foto de su padre, autoritario, serio; y consigue llorar. Pasando las manos por la cabeza, se coge el pelo con desesperación y se tira de las ranguas. Se tumba de nuevo, estiras las piernas. Siente un dolor en la zona lumbar, a veces lo más cómodo, tumbarse, también resulta doloroso. Tic, tac...
Está cansada de no hacer nada, pero no consigue dormir. Tan cansada que no es capaz de plantearse objetivos, sólo vive, sólo respira, que no es poco. Contando con los dedos hasta quince, reconoce su problema, sus meses sin dormir, lo admite. Tic, insomnio, tac.
Está casi amaneciendo, pero no es capaz de llamar a su casa. Es demasiado temprano. Le suenan las tripas, lleva horas despierta y sin comer. Lleva horas pensando en seguir tomando vomitivos vasos de leche o enfrentarse a las consecuencias y confesarlo todo.
No es tan complicado. Es sólo llamar y hablar. Tic, tac...
De nuevo en la cocina, calienta agua del grifo para un descafeinado. Con azúcar. Está cansada, y tropezando con sus ojeras se cae sobre el sofá donde descansa un par de horas sin sumergirse en un sueño profundo. Tic, tac...
Despierta, con decisión. Se pone de pie, cansada y coge el teléfono inalámbrico. Tic, tac... Lo sujeta con la mano izquierda, sus dedos petrificados no articulan movimiento. Cuelga, descuelga. Cuelga... tic... descuelga... tac. Primer tono de llamada, segundo... Su corazón golpea su pecho como si fuera un peso pesado. Pum, pum, tic... piiii-piiii, tac... pum, pum...
Una voz masculina responde al otro lado del teléfono. “Papi, sé que llevo tres años en esto, pero no puedo seguir en esto, no quiero...” Al escuchar un taco y la señal de fin de llamada se sentó en el sofá de golpe y comenzó a llorar. Sus lágrimas cayeron por el pecho una tras otra, de forma pesada, frías, saladas...
Ahora su reloj suena de otra manera. Tic, tac, tic, tac...

miércoles, 18 de junio de 2008

CRUZADOS

- Hola- Lo dijo sin gana, con pereza, como el que soporta el peso del mundo. Dejó caer las llaves sobre el cristal de la mesa de la entrada haciendo sonar, como cada día, su llegada. – Hooola- Volvió a decir alargando un poco la “o” y alzando la voz. Se acercó a la percha, colgó la chaqueta como lo hubiera hecho en un día normal y se cambió los zapatos, pensando que a lo mejor no volvería a ponérselos en mucho tiempo. Sonrió de medio lado con pena, un pie, el otro, cerrar la puerta del armario. – ¿Hola?- Insistió- ¿Pili?, ¿estás? Pili, ya he llegado…- Pili no respondió. Se escuchó un portazo y de repente la mujer apareció como de la nada.
- José Miguel. Hola. Qué pronto has llegado hoy…
- Sí… demasiado pronto… Es que… bueno… Pensé que sería bueno verte…
- Claro… sí, está muy bien. ¿Y ahora te vas otra vez o ya te quedas aquí?
- No, no… me quedo… - Dijo metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón - ¿por qué?
- No, no… por curiosidad… es que pensaba que vendrías más tarde, iba a ir a comprar y no… no tengo nada para comer todavía… Bueno, cuéntame, ¿cómo es que estás aquí tan temprano...?
- ¿Qué hacías? ¿Ibas a ducharte…?
- No, no…
- Como estás en albornoz…
- Sí, es que… no sabía qué ponerme y… para no estar desnuda pues me he puesto esto…- Un poco más a la defensiva que de costumbre volvió a preguntar por qué José Miguel había llegado tan temprano. No encontró la respuesta esperada. Se sacó parte del pelo que había quedado por debajo de la tela de la bata. Empezaba a ponerse nerviosa y la melena, contra la piel, le pinchaba sobre la espalda. Se mordió el labio inferior antes de empezar a hablar y José Miguel le quitó la palabra.
- Nunca has tenido inconveniente en que te viera desnuda- Respondió al porqué de su tardanza. Él se quedó pensativo, mirando cómo el pelo de Pili caía por sus hombros. La quería, la quería mucho y no podía seguir disimulando por más tiempo. –Bueno, ¿qué me ibas a decir?, creo que te he cortado…
- No, no… nada… que… que si te acercabas a la tienda a comprar unas cosas mientras yo me ducho.
- No ibas a ducharte.
- Pero ahora que has venido y puedes bajar tú he pensado que sí.
- Pili, ¿te pasa algo?
- ¿Vas a ir a comprar o no?
- Qué interés tienes en que vaya a comprar, ¿no?
- Si no quieres no vayas. Si hubieras llegado a tu hora todo estaría pasando de otra manera y a mí me hubiera dado tiempo a bajar.
- ¿Qué pasa? ¿Que no puedo llegar antes?
- Yo no he dicho eso… Sólo que me extraña que llegues tres días seguido a las doce y media cuando tu horario es hasta las tres menos cuarto.
- Y a mí me extraña que lleves puesto un albornoz… y el pelo suelto. Y que no hayas salido a darme un beso cuando he dicho hola como cada día…
- Eso, como cada día…
- ¿Eso a qué viene?
- ¿El qué?
- Lo de como cada día…
- Lo has dicho tú.
- Ya sé que lo he dicho yo… - Harto de esa conversación que no llevaba a ninguna parte se pasó la manos por la cabeza y dejó la derecha en la parte de atrás del cuello. Ella estaba sexy, como siempre, incluso tapándose los muslos con el albornoz como nunca; custodiando la puerta del dormitorio, no se había movido de allí desde que comenzaron la charla– Tenemos que hablar… supongo…- Dijo cerrando la frase con un suspiro que se caía- Yo no puedo más.
- ¿Hablar de qué?
- De lo que está pasando… No puedo disimular más. Me daba vergüenza decirlo, pero supongo que, como todo, no es más decirlo y superarlo. Estás en un sitio, tienes una vida, y después de tanto tiempo todo cambia…
- No debe darte vergüenza…- Respondió mirando hacia otro lado, porque la que sentía vergüenza, era ella, de esa que te quema la garganta, las orejas y la cara.
- No sé qué decirte. Lo sé desde hace tres días y he salido de casa como cada día, como bien hemos dicho antes, como si nada… He llegado hasta la puerta de la oficina y me he dado la vuelta…
- ¿Lo sabías y no me has dicho nada?- Pili sintió como si de verdad las palabras le salieran de la garganta, en un tamaño tan grande que le rajaba en dos.
- Qué quieres que te diga… - Respondió con dolor.
- Pues… no lo sé… quizás deberíamos haberlo hablado desde el principio…- Se desató el cordón del albornoz para volverlo a atar más fuerte.
- Supongo que me lo merezco, esto es por no hacer las cosas bien…
- No, no, no… no es culpa de nadie.., las cosas pasan y ya está… Se deterioran, se rompen, se acaban… Esto es un contrato más que se puede terminar, no hay que buscar culpables. Entonces, ¿lo comprendes...? ¿No te ha extrañado?
- La verdad es que no me lo esperaba, supongo que a este tipo de cosas uno nunca se acostumbra… Me daba miedo hablarlo contigo, supongo que es normal… Quizás sea cierto ese reproche que me has hecho de “como todos los días”… Y supongo que llevábamos mucho sin hablar de nosotros y eso… me daba vergüenza, ya te lo he dicho… llámame tonto si quieres…-
- No, no puedo llamarte tonto… yo también debería haber intentado hablar contigo en lugar de hacer como si no pasara nada…
- ¿Me abrazas, por favor?- Dijo derrumbado.
- Claro, aún no he dejado de ser tu mujer…
- Y espero que no dejes de serlo porque me haya quedado sin trabajo- Respondió abriendo la puerta de la habitación y viendo a un extraño en su cama.

ÉRASE UNA VEZ...

Por las noches el mundo de los sueños se abre como el telón de un gran teatro. Sueño que me siento en un sillón grande, que mis orejas se alargan en punta, que mi ropas se convierten en harapos, mi cabeza se cubre con un gorro y mi voz se atenua junto con el sigilo de la noche...
Érase una vez... ¡Érase una vez..! Así comienzan los cuentos con los que las Abuelas han dormido siempre a los niños... Érase una vez un rincón para dormir y soñar despierto, érase un espacio libre, éranse unas ganas de tocar la luna con los dedos, de saltar por las estrellas, de correr entre las nubes... Éranse una vez miL historias hilvanadas en un solo mundo...
Mantegan abiertos sus oídos y sus ojos, dilaten sus pupilas y, ahora sí, ¡bienvenidos al mundo de los cuentos!