Lleva mucho tiempo con insomnio. Más que mucho tiempo, demasiado. Lo ha probado todo, desde infusiones de tila altamente concentradas, hasta varillas de incienso relajantes, cintas de respiración y meditación, o música para perderse dentro, hasta aceites corporales con esencias naturales... Debe estar realmente desesperada. Las horas pasan por delante de sus ojos, marcando en su retina cada minuto, cada segundo.
Son las doce la noche. Está comenzando un nuevo día. Otro día. Otra madrugada. Se sienta delante de sus apuntes de derecho penal. Los está mirando. Los pulgares sujetan la sien y los dedos índice y corazón hacen de soporte de la frente. Tiene los ojos abiertos. Muy abiertos, serenos. Tiene ojeras. Lanza un suspiro al aire. Se recuesta sobre la silla. Se pone derecha. Se recuesta. Una y otra vez. Mirando al techo cuela los dedos de las manos entre el pelo, echándolo para atrás; se frota los ojos. Se tapa la cara. Apoyando la barbilla sobre la palma de la mano izquierda, con la derecha pasa un folio. Otro. Otro más. Cierra la carpeta. Respira, nerviosa, con la cara entre las manos. Opta por levantarse de la silla, bajar a la cocina, y seguir el remedio casero de tomar para dormir un vaso de leche caliente. ¡¡Cliiin!! El microondas rompe el silencio de la noche. La leche ya está lista.
Con cuidado saca el vaso, quema mucho. Al soltarlo sobre el poyete de la cocina se mira la mano, la tiene roja del calor. Con las yemas de los dedos aún sensibles coge en vaso por el filo y se lo acerca, soplando lentamente, hacia los labios. Prueba un sorbo, agita la cabeza de una lado a otro y agita la mano derecha con fuerza, quema. Ante la espera de que la temperatura sea un poco más agradable, estira el brazo y acerca una banqueta de cocina. Tiene la espalda encorvada. La bata de guatiné estampada está abrochada de arriba abajo. Es el mes de mayo, pero la noche está fría. Sus hombros caen sin ánimo hacia delante, llegando hasta los codos, apoyados sobre los muslos. A penas parpadea. Hay luna llena, y su luz describe las sombras de la noche. Mercedes permanece sentada en la banqueta, quieta, desplomada. Tiene la mirada perdida. Es como si intentara imaginar qué mundo se esconde más allá de las paredes de su casa, más allá de un sucio cristal, embarrada, de la ventana de la cocina. Los cipreses se mueven, haciendo intermitente la claridad de la farola. Coge aire con fuerza, con calma, intentando recibir el olor de la tierra mojada. Echada hacia delante, con un pie en el suelo y otro en la barra inferior del asiento, coge el vaso, coge aire de nuevo, intentando no respirar, y con esfuerzo, con mucho esfuerzo y cogiendo un tono rojizo, se bebe la leche, sin ganas, con asco. La leche cae con ingravidez en su estómago; siente el líquido ocupando todo el espacio. Frunce el ceño, aprieta los ojos, arruga la nariz y saca los labios, moviendo con rapidez la cabeza. Intentando limpiarse la lengua con los dientes, emite un sonido de desprecio. El sabor de la leche se le queda en el paladar.
Sin confianza en conciliar el sueño, se va a la cama. Se recuesta sobre el lado derecho y coloca la mano tras la cabeza, se tapa a la altura de las orejar y pone la radio. Cree que así no se siente sola, pero ella misma a veces se ríe irónicamente y pide ayuda a nadie, a las paredes, a los cojines, a los muebles. Pasan las horas en el reloj despertador de la mesita, una a una, minuto a minuto... afortunadamente el reloj es digital y se ahorra el latigazo incansable del segundero. Zas, tic, zas, tac...
Mira el techo. Las penurias del programa de radio no le consuelan, sólo la alejan de la realidad. Respira con calma, sabe cuál es el problema, pero no encuentra la solución. En la cama, en la oscuridad de la noche, en la penumbra de la luz del despertador, se lleva las manos a la frente. Es demasiado complicado contar la verdad, y los suspiros que lanza al aire no llegan a ninguna parte. El calor de la leche caliente invade su cuerpo, le hace sudar; el sabor amargo y desagradable todavía asoma en su lengua. Tic, tac... La situación es la misma que cada noche, tiene práctica en la rotación y en la translación por la cama, por su mundo, por su planeta. Encendiendo la luz de la mesita de noche se incorpora sobre la cama cruzándose de piernas. Mira el tablón de la pared de enfrente, las fotos de los amigos, de ella cuando era más pequeña, cuando no tenía miedo, cuando tenía ambiciones y sueños. Ahora se mira ella, e intentado llorar mira la foto de su padre, autoritario, serio; y consigue llorar. Pasando las manos por la cabeza, se coge el pelo con desesperación y se tira de las ranguas. Se tumba de nuevo, estiras las piernas. Siente un dolor en la zona lumbar, a veces lo más cómodo, tumbarse, también resulta doloroso. Tic, tac...
Está cansada de no hacer nada, pero no consigue dormir. Tan cansada que no es capaz de plantearse objetivos, sólo vive, sólo respira, que no es poco. Contando con los dedos hasta quince, reconoce su problema, sus meses sin dormir, lo admite. Tic, insomnio, tac.
Está casi amaneciendo, pero no es capaz de llamar a su casa. Es demasiado temprano. Le suenan las tripas, lleva horas despierta y sin comer. Lleva horas pensando en seguir tomando vomitivos vasos de leche o enfrentarse a las consecuencias y confesarlo todo.
No es tan complicado. Es sólo llamar y hablar. Tic, tac...
De nuevo en la cocina, calienta agua del grifo para un descafeinado. Con azúcar. Está cansada, y tropezando con sus ojeras se cae sobre el sofá donde descansa un par de horas sin sumergirse en un sueño profundo. Tic, tac...
Despierta, con decisión. Se pone de pie, cansada y coge el teléfono inalámbrico. Tic, tac... Lo sujeta con la mano izquierda, sus dedos petrificados no articulan movimiento. Cuelga, descuelga. Cuelga... tic... descuelga... tac. Primer tono de llamada, segundo... Su corazón golpea su pecho como si fuera un peso pesado. Pum, pum, tic... piiii-piiii, tac... pum, pum...
Una voz masculina responde al otro lado del teléfono. “Papi, sé que llevo tres años en esto, pero no puedo seguir en esto, no quiero...” Al escuchar un taco y la señal de fin de llamada se sentó en el sofá de golpe y comenzó a llorar. Sus lágrimas cayeron por el pecho una tras otra, de forma pesada, frías, saladas...
Ahora su reloj suena de otra manera. Tic, tac, tic, tac...
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1 comentario:
me ha encantado tu blog y lo que le has dejado al Jardinero... piratilla.
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